HISTORIA DE LA NACION CARAÍBA

Mar Mar 06 2012, 21:37 por Egho

.


HISTORIA DE LA NACION CARAÍBA

PROLOGO

En este trabajo encarado con la seriedad que amerita toda historia y conclusiones propias fundamentadas en el análisis de documentación histórica, …


Comentarios: 10

FALACIAS DE LA HISTORIA (I); YATASTO

Miér Jun 27 2012, 03:43 por Egho


Con este articulo prosigo en este nuevo foro la serie de falacias historicas inciadas en el viejo barco. 
Espero que dentro de los próximos cinco siglos algún inquieto investigador nos "descubra" …


Comentarios: 1

A 203 AÑOS DE LA REVOLUCION FRUSTADA

Jue Mayo 30 2013, 02:15 por Egho

.

Los 25 de Mayo, los criollos –en realidad los habitantes de Buenos Aires -   festejan –yo no, pese a ser criollo-  ese dia como el de la ruptura definitiva con los débiles lazos que nos …


Comentarios: 2

CORRUPCION SE ESCRIBE CON K

Jue Mayo 30 2013, 01:58 por Egho

.
El sábado pasado, muchísimos idiotas útiles, alguno engañados  y unos cuantos mafiosos festejaron los diez años de la “era” “K”  ; 25 DE MAYO DE 2003- 25 DE MAYO DE 2013.-

Un gran …


Comentarios: 0

FALACIAS DE LA HISTORIA (IV)

Miér Jun 27 2012, 06:22 por Egho

.
FALACIA DE LA HISTORIA IV

CARNE DE CAÑON

¿Podremos Llegar a Viejos?                                                                 [SEPA/Diario El Peso] –(Edicion del 18/04/2011)


Comentarios: 0


LOS MUNERA ORGANIZADOS POR PUBLIO CORNELIO ESCIPIÓN EN CARTHAGO NOVA (206 a. C.)

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

03042011

Mensaje 

LOS MUNERA ORGANIZADOS POR PUBLIO CORNELIO ESCIPIÓN EN CARTHAGO NOVA (206 a. C.)




LOS MUNERA ORGANIZADOS POR PUBLIO CORNELIO ESCIPIÓN EN CARTHAGO NOVA (206 a. C.)


Corría el año 206 a. C., cuando Publio Cornelio Escipión, que todavía no era Africanus, organizaba en Carthago Nova unos combates de gladiadores en memoria de su padre y su tío paternos muertos unos años antes en Hispania (1). Estos combates, los primeros organizados por los romanos en la Península Ibérica (2), presentaban una novedad con respecto a los celebrados en la propia Roma, pues combatían en ellos hombres libres, y lo hacían, en principio, voluntaria y gratuitamente (3).


(http://pt.wikipedia.org/wiki/Cipi%C3%A3o_Africano)

En Roma este tipo de espectáculos se venían realizando desde hacía bastantes años, remontándose la primera evidencia de munera organizados en la capital latina al año 264 a. C. (4). Aquel año, los hijos de Junio Bruto hicieron luchar a tres parejas de esclavos para honrar la memoria de su padre (5). Éste era, originariamente, un rito funerario reservado exclusivamente a la aristocracia, llamándose aquellos primeros gladiadores bustuarii (6), nombre que, derivado de bustum, alude a la tumba y hoguera en que era incinerado el cadáver (7). Pese a la estrecha relación entre los combates y las ceremonias fúnebres, no parece que los munera formaran parte de los ritos ligados directamente a la ceremonia de los funerales y menos aún que los gladiadores lucharan a muerte ante la tumba del difunto (8). Su existencia, sin embargo, parece remontarse, como señalan Blázquez y Montero siguiendo a Servio (9), a los sacrificios humanos realizados sobre la tumba de los grandes personajes (10).
Existen, no obstante, indicios que podrían permitir llevar aún más atrás en el tiempo la aparición de los munera en Roma. Asi, el nombre que reciben los asientos de los anfiteatros ―maeniana―, se debe, según Festo (11), a C. Maenius, censor en el año 338 a. C., quien aumentó la capacidad de los asientos destinados al público que acudía a presenciar este tipo de espectáculos. Esto nos permitiría situar los primeros combates a finales del s. IV a. C. (12). Por otra parte, el origen del tipo samnita se supone relacionado con la introducción de prisioneros de guerra como gladiadores durante las guerras que Roma sostuvo contra ese pueblo (13).


(Gladiador tipo Samnita. Fuente: http://www.ac-nancy-metz.fr/pres-etab/collhautemeurthefraize/Pages/latin/latin3/samnite.gif)

El propio Livio, en su texto sobre los combates de Carthago Nova utiliza el término lanistis. Ello probaría, en principio, la existencia de esta profesión con anterioridad al año 206 a. C., salvo que, como intuye Ville, el término se deba a un anacronismo del autor latino (14). No parece que sea así, a tenor de las evidencias sobre la existencia, tan sólo una generación más tarde, de gladiadores profesionales en Roma. Nos referimos a los combatientes que pudo comprar el rey de Siria en la capital latina (15). Tenemos además, como prueba de la popularidad que alcanzan este tipo de espectáculos poco después, la precipitada salida de los espectadores del teatro para asistir al munus ofrecido por los hijos de Paulo Emilio en honor a su padre (16).
Es además altamente significativo, en opinión de Futrell (17), que Livio mencione los combates en honor a M. Emilio Lépido en el año 216 a. C. justo entre los acontecimientos más importantes del año: la dedicación del templo de Venus Erycinia y la celebración de los juegos romanos y plebeyos (18). Ello podría significar, según Futrell, que Livio estaba reproduciendo los datos recogidos en los archivos oficiales que sabemos utilizó para la elaboración de su obra. La inclusión de los combates de gladiadores en tales documentos podría implicar que, incluso en fechas tan tempranas, los munera fueron percibidos como celebraciones públicas que eran importantes tanto para el pueblo como para el Estado.

Los combates gladiatorios en la Península Ibérica

Dice Livio, sobre los guerreros que se batieron en Carthago Nova que: ”uoluntaria omnis et gratuita opera pugnantium fuit” (19). No es raro que así fuera, ya que los combates entre hombres libres parecen haber tenido lugar en la Península Ibérica con anterioridad a la llegada de los romanos. En este sentido, Blázquez y Montero se oponen a las tesis de Ville (20);&#8213para quien los juegos de Cartagena serían una imitación episódica de los combates romanos― y sostienen que este tipo de combates sangrientos se celebraban en Iberia, como parte de los rituales funerarios, desde varios siglos antes de la llegada de los romanos, llevándolos incluso más atrás en el tiempo que los documentados en Campania (21).
Tanto las fuentes arqueológicas como los textos clásicos permiten apoyar la existencia de este tipo de combates en Hispania con anterioridad al año 218 a. C. En el primer caso, disponemos, por ejemplo, de los relieves y vasos hallados en el sureste peninsular (Porcuna, Osuna, Elche, Liria) y datados en el s. V. a. C. (22). Las esculturas de los guerreros de Obulco, por ejemplo, escenifican los rituales fúnebres de personas de importante condición social y en ellas aparecen, entre otros motivos, los combates de guerreros (23).
Entre los textos clásicos, tenemos el magnífico ejemplo de los combates desarrollados durante los funerales de Viriato, en los que, según Diodoro Sículo, participaron 200 parejas de gladiadores (24). Podemos añadir los numerosos ejemplos de combates singulares que ponen de relieve el fuerte arraigo de estas luchas entre los pueblos peninsulares. Buena muestra de ello es el combate, durante el sitio de Intercantia (151 a. C.), en el que Escipión Emiliano derrota a un indígena que le había retado a duelo (25). Floro indica que este celtibero era rex, algo que Gracia Alonso ve como una exageración (26). Al parecer, el honor del guerrero vencido por Escipión fue tal que su hijo firmaba con un sello que representaba esta lucha (27). Pocos años después (143-142 a. C.), tenemos el desafío de un celtibero a Q. Occio (28), legado del cónsul Q. Metelo. Y de nuevo Q. Occio retado por otro celtibero, Pirresio, quien le entrega, en reconocimiento por su derrota, los símbolos de su estatus: el sagum y la espada, y con el que finalmente se uniría en hospitium (29).
Del mismo modo, todas las fuentes insisten en el honor que suponía para los guerreros de la Península morir en combate (30), algo que suponía, al fin y al cabo, la culminación de un modo de vida (31). Para estos hombres el combate individual suponía ―y acabamos de ver varios ejemplos de ello― un modo de adquirir prestigio y reconocimiento social (32), demostrando el valor ante la elite de su propio pueblo, algo de lo que encontramos paralelos en todo el ámbito del Mediterráneo, Próximo Oriente y Europa Septentrional (33).


¿Eran realmente libres los combatientes?

Pese a todo lo visto anteriormente, se hace difícil comprender qué llevaba a estos hombres a luchar de forma voluntaria en memoria de unos extranjeros y para entretenimiento de otros. Livio explica los motivos que les llevaron a luchar y, si bien en dos casos no encontramos problema alguno para creer al autor latino; “alios aemulatio et certamen ut prouocarent prouocatique haud abnuerent traxit” (34) y “quidam quas disceptando controuersias finire nequierant aut noluerant, pacto inter se ut uictorem res sequeretur, ferro decreuerunt. neque obscuri generis homines sed clari inlustresque” (35), en los otros dos casos; “...nam alii missi ab regulis sunt ad specimen insitae genti uirtutis ostendendum” (36) y “alii ipsi professi se pugnaturos in gratiam ducis” (37), la voluntariedad no queda tan clara. Al contrario, todo parece indicar que estos guerreros estaban respondiendo a un vínculo contraído con sus caudillos, seguramente una devotio (38). No sería extraño, por tanto, que hubieran sido enviados como respuesta a una exigencia de Escipión, con quien muchos caudillos peninsulares habían contraído a su vez vínculos de tipo personal, especialmente tras la conquista por el comandante romano de la propia Carthago Nova. Entraría aquí en juego el poder del caudillo sobre la vida de aquellos que se encuentran bajo sus órdenes (39), quienes además tenían la obligación de combatir no sólo para proteger la vida de su jefe, sino para contribuir a sus propias hazañas (40). Si la fortuna les era adversa y morían durante el combate, obtendrían, al menos, la satisfacción de hacerlo a manos de otro guerrero (41).

Escipión y sus verdaderas intenciones

Como hemos mencionado más arriba, el objetivo de Escipión al organizar los munera de Carthago Nova es, según las fuentes, honrar la memoria de su padre y su tío materno. En palabras de Silio Itálico: “ vestra tumulos terra celebrare meorum est animus pacemque dare exposcentibus umbris” (42). Pero no parece que las intenciones de Escipión se redujeran a esto. Es muy significativo que eligiera precisamente la ciudad que él mismo había conquistado y que el público fuera su propio ejército, con el que le unían lazos cada vez más fuertes, reforzados en gran medida por creencias de tipo religioso. Hasta tal punto esto era así, que muchos autores le consideran el precursor del Imperio y de la idolatría hacia los emperadores (43).
Para los romanos tenía especial importancia el descanso de las almas de sus difuntos y, al fin y al cabo, la sangre de los gladiadores era derramada en memoria de los muertos con el objeto de aplacarlos (44), para lo cual se sacrificaba, en origen, a los enemigos prisioneros (45). En este sentido, no debemos olvidar que la muerte de los hermanos Escipión se produjo como consecuencia directa de la traición de los aliados hispanos (46), algo que Escipión no iba a olvidar fácilmente. Sería ahora la sangre de estos hispanos la que se derramaría en honor a los dos generales romanos.
Aunque el comandante romano se caracterizó siempre, ya fuera sincera o intencionadamente, por una enorme religiosidad y por seguir los usos y costumbres del pueblo romano, no podemos pasar por alto que los primeros beneficiados por la organización de unos juegos funerarios eran los sucesores del fallecido (47), convirtiéndose desde muy temprano en un pretexto utilizado por el heredero para ganar popularidad (48). Una vez más, Escipión hizo gala de su pragmatismo; convirtiendo a su ejército en el principal público de los combates. Añadía así el carácter “educativo” que Ville quiso ver en los munera (49). Buena prueba de ello es lo que nos dice Livio de los combates: “brindaron al ejército un espectáculo notable y una prueba de lo calamitosa que es para los mortales la ambición de poder” (50). Curiosamente, muy poco después tuvo Escipión que hacer frente a un motín de las tropas acantonadas junto al Júcar, descontentas desde tiempo atrás por las pagas adeudadas (51).
Quizás en conexión con esto último ―el ejército como principal destinatario de las celebraciones―, podemos mencionar un detalle significativo; Marcio, uno de los legados de Escipión, con gran prestigio entre las tropas desde que asumiera, junto con T. Fonteyo, el mando de los supervivientes a la derrota de los Escipiones, estaba desarrollando una campaña de castigo contra algunos pueblos hispanos durante la celebración de los juegos de Carthago Nova (52).

¿Dónde se celebraron los combates?

Es imposible, al menos por el momento, saber en qué lugar de Carthago Nova se celebraron los combates. Scullard cree probable que fuera en el espacio donde posteriormente se estableció el anfiteatro, es decir, bajo la moderna plaza de toros (53). Sin embargo, se pudieron haber organizado perfectamente en cualquier otro lugar. Sabemos que el primer munus romano, el del 264 a. C., fue organizado en el Forum Boarium, donde se presentaron tres parejas al público (54). Posteriormente, los combates se celebraron en el Forum Romanum (55), correspondiendo este cambio de ubicación, en opinión de Ville, a la posible promoción de este tipo de espectáculos (56). Durante las primeras celebraciones en el foro, los espectadores se colocaban donde podían, principalmente en unas galerías construidas sobre las tiendas que había en los lados más largos de la plaza (57).
En el caso particular de Carthago Nova, bajo los restos del anfiteatro de la ciudad hispana se han encontrado restos de un recinto de madera pre-augusteo (58), lo que permite suponer que este lugar acogía, por tradición, este tipo de eventos. Y si bien los munera del 206 a.C. pudieron haberse celebrado perfectamente en el foro de la ciudad púnica, hay datos que podrían hacer pensar en otra ubicación. En primer lugar, los combates estaban dirigidos, como ya hemos tenido oportunidad de señalar, al ejército (59) y, en segundo lugar, se nos dice que “ fue seguido de unos juegos fúnebres acordes a los recursos de una provincia y el equipamiento de un campamento (60). La existencia de este tipo de recintos en zonas de acuartelamiento está perfectamente documentada. Los anfiteatros militares más antiguos están en Segusium y Cemenelum y datan de la instalación de cohortes en esta zona en época augustea (61). Pero esto no quiere decir ni que todos los campamentos estuviesen dotados de este tipo de instalaciones, ni que, cuando éstas existían fueran mucho más que unas simples maderas para acomodar a los espectadores, o incluso simplemente arena. Es más, los anfiteatros militares estaban caracterizados por tener un tamaño relativamente modesto y por el carácter pragmático de la construcción (62), y aunque la mayor parte de estos recintos fueron destinados principalmente al entrenamiento, una inscripción de Carnutum permite concluir que su anfiteatro militar fue utilizado para juegos públicos (63).


(Plaza de toros de Cartagena. Ubicada sobre el anfiteatro romano. D.F.R. para Pax Celtibera)

Sabemos donde estaba el campamento romano cuando se levantó en el año 209 a. C.: al este de la ciudad (64), a unos dos estadios de las puertas de la misma (65). Pero no podemos asegurar, aunque sería lógico, que el ejército estuviera acampado a las afueras en el momento del desarrollo de los combates. Al contrario, Livio, cuando habla del motín de las tropas acampadas en el Júcar, sugiere que el ejército de Escipión estaba acantonado en el interior de Carthago Nova (66). Polibio, sin embargo, no es tan explícito y alguno de sus pasajes permite suponer que el campamento estaba fuera de la ciudad (67). En definitiva, todo lo que podamos decir se reduce a meras especulaciones.

¿Quien pagó los munera?

Dice Livio que: “ Este espectáculo de gladiadores fue seguido de unos juegos fúnebres acordes con los recursos de una provincia y el equipamiento de un campamento”. Todo parece indicar, por tanto, que los juegos fueron pagados con los recursos de la provincia, bien del dinero destinado por Roma a la misma, bien de lo recaudado entre los pueblos peninsulares. Baste recordar que Escipión dispuso a su antojo de un generoso botín tras la conquista de Carthago Nova (68), llegando a reunir, tras la toma de la ciudad más de mil talentos, parte de los cuales le habían acompañado desde Roma (69). Las acusaciones por malversación de fondos que enturbiaron el final de su carrera hacen complicado creer que Escipión pagara los funerales de su bolsillo (70).


¿Qué se hizo con los cadáveres?

No sabemos si realmente murió algún guerrero en los combates celebrados. Livio dice que: “ algunos resolvieron con el hierro las diferencias que no habían podido o no habían querido resolver pacíficamente, poniéndose previamente de acuerdo en que el objeto de las diferencias sería para el vencedor”. Si era necesario llegar a ese acuerdo previo es porque no se presumía, en principio, que el perdedor fuera a morir en el combate. Es cierto, sin embargo, que hay algunos indicios de que este tipo de combates entre los peninsulares concluía con muerte de uno de los dos contendientes. En uno de los grupos de Obulco, por ejemplo, aparecen representados dos guerreros. Uno de ellos, a los pies del otro, tiene las patas de un ave grande sobre su hombro, lo que, en opinión de Blázquez, certificaría la muerte del vencido (71).
El destino de los cadáveres de los muertos en combate, su exposición a las aves carroñeras, está también documentado tanto en las fuentes literarias (72), como en las arqueológicas (73). Se suponía que estas aves transportaban el alma de los difuntos junto a los dioses. La incineración no era necesaria para unos cuerpos que, por el hecho de haber caído en combate, ya habían sido purificados (74). Pero, aunque lo lógico es pensar que los cadáveres de los fallecidos en los munera de Carthago Nova ―si es que los hubo― pudieron haber sido sometidos a esta costumbre, no podemos pasar por alto que la arqueología muestra claramente que la incineración era la práctica funeraria habitual entre los indígenas, teniendo en cuenta los contados restos de inhumación aparecidos (75).


Conclusiones

Los munera de Carthago Nova constituyeron, más que un homenaje a los difuntos hermanos Escipión, una oportunidad para que el propio Publio afianzara su prestigio y la leyenda que sobre él se estaba forjando, sobre todo como consecuencia directa de la conquista de la ciudad púnica.
El hecho de que los juegos estuvieran dirigidos a su ejército constituye una prueba más de la importancia de este momento histórico en el paso de la concentración del poder en Roma. La lejanía de los escenarios bélicos respecto a la capital latina. permitió el fortalecimiento de los vínculos entre los soldados y sus mandos, lo que a la larga desembocaría en la subordinación de las tropas a un hombre y no al Estado. Esta actitud evergética de Escipión no constituye sino un escalón más en la preocupación del comandante por potenciar su imagen, sacando excelente provecho tanto de sus conocimientos y previsión, como de la ignorancia y superstición de sus hombres, entre los que logró disipar rápidamente las dudas que su juventud provocaba, apoyándose, además de en su éxito, en la utilización recurrente de las creencias religiosas de aquellos bajo su mando (76). El propio Polibio nos advierte de ello: “ «...Cornelio Escipión divulgó siempre, entre el pueblo, que realizaba sus proyectos por inspiración divina y, así, infundía confianza y ánimo en sus subordinados ante las empresas difíciles. Sin embargo, lo que se va a exponer evidencia que lo hizo todo con cálculo y reflexión; coronó con éxito sus acciones de una manera perfectamente lógica (77).
Los compromisos clientelares de los régulos hispanos con Escipión le facilitaron al romano las víctimas necesarias para llevar a cabo sus combates gladiatorios: los guerreros, respondiendo a la devotio contraída, no tuvieron otra salida que la de morir a mayor gloria de aquellos que iban a someter definitivamente a su pueblo.



© 2007 Hannón (D.F.R) Para Pax Celtibera.











NOTAS

(1) Seguimos aquí la cronología del propio Livio (XXVIII, 21), que es la que siguen los autores consultados salvo J. M. Blázquez, que fecha los juegos fúnebres en el 207 a. C. Al respecto, véase Blázquez Martínez, 1993, pp. 71 y 83; idem, 1995, p. 31. Sobre el desfase de fechas que Livio arrastra desde el año 210 a. C., véase Liv. XXVII, 7, 5; Schulten, 1935, p. 118; Walbank, 1967, pp. 14-15 y 191-192; De Sanctis, 1968, p. 440, n. 18; Hallward, 1970, p. 84, n. 3.
(2) Aunque los combatientes fueran hispanis, los editores eran claramente romanos. Véase Ville, 1981, p. 49.
(3) Liv. XXVIII, 21, 2. Esto, como podremos ver más abajo, es bastante discutible.
(4) Liv. Epit, XVI; Val. Max. II, 4, 7.
(5) Sobre estos combates, Ville, 1981, p. 42, n. 100; Futrell, 1997, pp. 20-22.
(6) Serv. ad. Aen., 10, 519.
(7) Sobre ello, Auguer, 1972, p. 17; Futrell, 1997, p. 34, n. 105.
(Cool Auguet, 1972, p. 17.
(9) Serv, ad. Aen. 3, 67.
(10) Blázquez y Montero, 1993, p. 72.
(11) Festus, 134b, 32, Maeniana appellata sunt a Maenio censore, qui primus in foro ultra columnas tigna proiecit, quo ampliarentur superiora spectacula.
(12) Sobre ello, Futrell, 1997, p. 20; Ville, 1981, p. 45.
(13) Futrell, 1997, p. 20.
(14) Ville, 1981, p. 47.
(15) Ville, 1981, p. 47.
(16) Ter. [i]Hec.
, 39-41. Sobre la popularidad de los munera en fechas tempranas, véase Ville, 1981, pp. 43-44.
(17) Futrell, 1997, p. 23.
(18) Liv. XXIII, 30, 13-17.
(19) Liv. XXVIII, 21, 2: “La colaboración de los luchadores fue por entero voluntaria y gratuita”.
(20) Blázquez y Montero, 1993, p. 73; Ville, 1981, p. 49.
(21) Blázquez y Montero, 1993, p. 73, y nuevamente Blázquez, 1995, pp. 31-37.
(22) Sobre ello, Ceballos y Ceballos, 2003, p. 58; Blázquez y Montero, 1993, pp. 73-77 y 82. Precisamente a raíz de un relieve de Urso, Blázquez sugiere que quizás se llegaron a realizar luchas con fieras (Blázquez, 1995, p. 34). Sobre los vasos de Lliria, Ville, 1981, pp. 49-50.
(23) Blázquez, 1995, p. 32. Sobre Obulco, también Blázquez y Montero, 1993, pp. 73-77. Sobre Urso y Elche, ibidem, p. 77.
(24) Diod. Sic. 33, 21. Sobre los funerales de Viriato, también App. Iber.75; Ville, 1981, p. 49; Blázquez y Montero, 1993, p. 72; Ciprés, 1993, pp. 167-168.
(25) App. Iber., 53-54.
(26) Floro, I, 33, 11; Gracia, 2003, p. 53.
(27) Plin. Nat. Hist, 37, 9 : “est apud auctores et Intercatiensem illum, cuius patrem Scipio Aemilianus ex provocatione interfecerat, pugnae effigie eius signasse, volgato Stilonis Praeconini sale, quidnam fuisse facturum, si Scipio a patre eius interemptus fuisset”.
(28) Val. Max. III, 2, 21.
(29) Val. Max. III, 2, 21.
(30) Val. Max. II, 3, 11: “Éstos saltarían de alegría en el campo de batalla, porque se les ofrece la ocasión de morir gloriosa y felizmente; en cambio se entristecen durante las enfermedades como si hubieran de perecer de manera vergonzosa y desgraciada. Los celtiberos, además, consideraban que era un oprobio el sobrevivir en una batalla a quien habían ofrecido su propia vida con el juramento de defender la de él”; Ael. NA., X, 22, “Los Vacceos ultrajan los cuerpos de los cadáveres de los muertos por enfermedad, ya que consideran que han muerto cobarde y afeminadamente, y los entregan al fuego; pero a los que han perdido la vida en la guerra los consideran nobles, valientes y dotados de valor y, en consecuencia, los entregan a los buitres porque creen que estos animales son sagrados”.
(31) Ciprés, 1993, p. 90.
(32) Ciprés, 1993, p. 90.
(33) Ciprés, 2003, p. 53.
(34) Liv. XXVIII, 21, 4, “A otros los movió el espíritu de rivalidad para hacer y aceptar desafíos”.
(35) Liv. XXVIII, 21, 5, “Y algunos resolvieron con el hierro las diferencias que no habían podido o no habían querido resolver pacíficamente, poniéndose previamente de acuerdo en que el objeto de las diferencias sería para el vencedor”.
(36) Liv. XXVIII, 21, 3, “Algunos, en efecto, los enviaron los régulos para hacer una demostración del valor innato de su raza”.
(37) Liv. XXVIII, 21, 4, “Otros manifestaron espontáneamente que ellos lucharían para hacer honor a su general”.
(38) Sobre esta institución, Santos, 1999, p. 60, y especialmente Ciprés, 1993, pp. 124-128; Ciprés, 2002, pp. 149-151.
(39) Buen ejemplo de ello es el caso de Retógenes, bajo cuyo mando se suicidó un grupo de guerreros durante el asedio de Numancia (Val. Max. III, 2 ext. 7). Sobre ello, Ciprés, 2003, pp. 125-126.
(40) Ciprés, 2002, p. 150.
(41) Ciprés, 1993, p. 126; García-Gelabert, 2002, p. 505.
(42) Sil. Ital., Pun., vv. 292-293: “Honrar las tumbas de mis parientes, que cayeron en vuestras tierras y dar a sus sombras la paz que justamente exigen”. En opinión de A. M. Canto, 1999, p. 161, es muy posible que Escipión ordenara la construcción de los monumentos fúnebres de sus familiares en los lugares donde cayeron.
(43) Sobre ello, véase Delbrück, 1975, p. 367; Santosuosso, 1997, pp. 198-200; Le Bohec, 1996, p. 226.
(44) Servio, Ad. Aen., 3, 67; Tert. De spect., XII, 2, 4; Auguet, 1972, p. 20; Blázquez y Montero, 1993, p. 72; Montero, 1993, p. 525.
(45) Montero, 1993, p. 525.
(46) Pol. X, 6, 2.
(47) Thuillier, 1996, p. 43.
(48) Montero, 1993, p. 525.
(49) Ville, 1981, p. 46.
(50) Liv. XXVIII, 21, 9.
(51) Sobre este motín, Pol. XI, 25-30; Liv. XXVIII, 24-26. Véase también, Cabrero, 2000, pp. 109-110; Richardson, 1986, pp. 53-54; Ferrer, 1992, pp. 501-514; Scullard, 1970, pp. 99-101.
(52) Sobre Marcio, Liv. XXV, 37, 2 y especialmente Broughton, 1986, p. 275, n. 8.
(53) Scullard, 1970, p. 99. Sobre la ubicación del anfiteatro, Pérez Ballester, San Martín Moro y Berrocal Caparrós, 1995, p. 91.
(54) Val. Max. II, 4, 7. Aunque Ausonio (Griphus, 36-37) emplaza las luchas sobre la propia tumba, “tris primus Thraecum pugnas tribus ordine bellis Iuniadae patrio inferas misere sepulcro”. Sobre ello, Futrell, 1997, p. 22.
(55) Liv. XXIII, 30, 15; XXXI, 50, 4; Ville, 1981, pp. 42-45 (especialmente nota 113); Auguet, 1972, p. 17.
(56) Ville, 1981, pp. 44-45.
(57) Auguet, 1972, p. 18.
(58) Ceballos y Ceballos, 2003, p. 58; Pérez Ballester; San Martín y Berrocal Caparrós, 1995, p. 113.
(59) Eso es lo que sugiere Livio (XXVIII, 21, 9).
(60) Liv. XXVIII, 21, 10: “ ludi funebres additi pro copia prouinciali et castrensi apparatu
(61) Futrell, p. 150.
(62) Futrell, p. 150. Sobre los materiales, ibidem, pp 150-151.
(63) Futrell, p. 151.
(64) Pol. X, 9, 7 ; Liv. XXVI, 42, 6.
(65) Pol. X, 12, 6.
(66) Liv. XXVIII, 26, 8: “ A la puesta del sol entraron en la ciudad y vieron al otro ejército preparándolo todo para la marcha”;: Liv. XXVIII, 26, 11: “ al amanecer se pusieron en movimiento las tropas, pero la columna hizo alto cerca de la puerta y se mandaron centinelas a todas las puertas para que no saliese nadie de la ciudad”.
(67) Por ejemplo, Pol. XI, 26, 5: “ debían tratarles cordialmente e invitarles a que les acompañaran, si podían lograrlo, a sus tiendas respectivas
(68) Pol. X, 18, 6.
(69) Pol. X, 19, 1-2.
(70) Véase, por ejemplo, Pol. XXIII, 14, 5-11. Sobre el proceso contra Escipión y su hermano Lucio, Cabrero, 2000, pp. 215-220.
(71) Blázquez, 1995, p. 33.
(72) Sil. Ital. III, 340-343; Ael. NA.X, 22.
(73) Cerámica numantina y algunas estelas celtibéricas y de zonas próximas (Estelas de Alcañiz y Binéfar). Sobre ello, Ciprés, 1993, pp. 88-89; Gracia, 2003, p. 52; Blázquez, 1995, p. 33.
(74) Gracia, 2003, p. 52; Ciprés, 1993, p. 89.
(75) Ciprés, 1993, pp. 88-89.
(76) Ya Maquiavelo (Disc. I, 11) se hizo eco de ello. Sobre la naturaleza “divina” de Escipión, Tisé, 2002, p. 50.
(77) Pol. X, 2, 12-13. Sobre la leyenda de Escipión, Mansfield, 1976, pp. 9-29; Tisé, 2002, pp. 49-50.


Bibliografía


Auguet, R.: Crueldad y civilización. Los juegos romanos. Barcelona 1972 (Original, Cruauté et civilisation: Les jeux Romains, París 1970).

Blázquez, J. M.; Montero, S.: “Ritual funerario y status social: los combates gladiatorios prerromanos en la Península Ibérica”, en Veleia 10, 1993, pp. 71-84.

Blázquez Martínez, J. M.: “Posibles precedentes prerromanos de los combates de gladiadores romanos en la Península Ibérica”, en El anfiteatro en la Hispania romana. Bimilenario del anfiteatro romano de Mérida, Badajoz 1995, pp. 31-43.

Broughton, T. Robert S.: The Magistrates of the Roman Republic, I. American Philological Association, Atlanta, 1986 (1ª ed. 1951).

Cabrero Piquero, Javier: Escipión el Africano. La forja de un Imperio Universal. Ed. Alderabán, Madrid, 2000.

Canto, A. M.: “Ilorci, Scipionis Rogus (Plinio, NH III, 9) y algunos problemas de la Segunda Guerra Púnica en Hispania”, RSA, 1999.

Ceballos, A. y Ceballos, D.: “Los espectáculos del anfiteatro en Hispania”, en Iberia 6, 2003, pp. 57-70.

Ciprés, P.: Guerra y Sociedad en la Hispania Indoeuropea, Vitoria 1993.

Ciprés, P.: “Instituciones militares indoeuropeas en la Península Ibérica”, en La guerra en el mundo ibérico y celtibérico (ss. VI-II a. de C.), Madrid 2002, pp. 135-152.

Delbrück, Hans: History of the Art of War. Within the Framework of Political History, I. Greenwood Press, Westport-London, 1975 (Translation of Geschichte der Kriegskunst im Rahmen der politischen Geschichte, Berlín, 1907).

De Sanctis, Gaetano.: Storia Dei Romani , III. 2. La nuova Italia, Firenze, 1968 (Ed. Orig. Torino, 1916).

Ferrer Maestro, J. J.: «El Ejército Romano en Hispania durante la Guerra Anibálica: mantenimiento y financiación (217-206 a.C.)», en Boletín de la Sociedad Castellonense de Cultura, LXVIII-IV, 1992, pp. 501-514.

Futrell, A.: Blood in the Arena. The Spectacle of Roman Power. Austin 1997.

Gracia, F.: La guerra en la Protohistoria. Héroes, nobles, mercenarios y campesinos. Barcelona, 2003.

García-Gelabert, M. P.: “El armamento y las tropas auxiliares hispanas en los ejércitos romanos de la República”, en Arqueología militar romana en Hispania, Anejos de Gladius 5, Madrid 2002, 503-509.

Hallward, B. L.: «Scipio and Victory»,en The Cambridge Ancient History, VIII. Rome and the Mediterranean. 218-133 B.C. Cambridge University Press, Cambridge,1970.

Le Bohec, Yann: : Histoire Militaire des Guerres Puniques. Éditions du Rocher, Mónaco,1996.

Mansfield Haywood, Richard: Studies on Scipio Africanus. Greenwood Press, Westport (Connecticut), 1976 (1ª ed. 1933).

Montero, S.: “La religión romana durante la República”, en Historia de las Religiones Antiguas, Madrid 1993.

Pérez, J.; San Martín, P. y Berrocal, C.: “El anfiteatro romano de Cartagena (1967-1992)”, en El anfiteatro en la Hispania romana. Bimilenario del anfiteatro romano de Mérida, Badajoz 1995, pp. 91-118.

Richardson, J. S.: Hispaniae. Spain and the development of Roman Imperialism, 218-82 BC. Cambridge University Press, Cambridge, 1986.

Santos, J.: Los pueblos de la España Antigua. Madrid, 1999.

Santosuosso, Antonio: Soldiers, Citizens, and the Symbols of War. From Classical Greece to Republican Rome, 500-167 B. C. WestviewPress, Oxford 1997.

Schülten, A.: FHA III. Las guerras de 237-154 a. de J. C., Barcelona 1935.

Scullard, H. H.: Scipio Africanus. Soldier and Politician. Bristol 1970.

Thuillier, J. P.: Le sport dans la Rome Antique. París 1996.

Tito Livio.: Historia de Roma desde su fundación, XXVI-XXX, traducción de J. A. Villar Vidal, Madrid, 2001.
B. Tisé, Imperialismo romano e imitatio Alexandri. Due studi di storia politica, Galatina (Lecce), 2002,

Ville, G.: La gladiature en Occident des origines à la mort de Domitien. Roma 1981.

Walbank, F. W.: A Historical Commentary on Polybius, vol. II, Oxford 1967.

_________________
http://viapraetoria.wordpress.com/

Hannon

Mensajes : 101
Fecha de inscripción : 21/10/2010

http://viapraetoria.wordpress.com/

Volver arriba Ir abajo

Compartir este artículo en : Excite BookmarksDiggRedditDel.icio.usGoogleLiveSlashdotNetscapeTechnoratiStumbleUponNewsvineFurlYahooSmarking

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.